El día en el que Martina vuelve a estar sola


Respirar es un hábito. La vida es un hábito o, mejor dicho, una sucesión de hábitos, ya que un individuo es una sucesión de individuos.” – Samuel Beckett

Martina siempre fue una fanática del pelo.

No, del pelo no: del secador. Del brushing en el pelo.

Es perfectamente capaz de levantarse 70 minutos antes de lo lógico en un día normal, solamente para poder dedicarse a que su pelo nunca sufra un bad hair day.
Nunca la entendí, en ese punto, porque soy más fan del estilo bed head y de la practicidad. Y de dormir, porque si a mi escaso sueño le restase una hora, sinceramente, estoy frita.
Pero si la entiendo a ella, a Martu, que cultiva esta maña de soltera  (como yo ya tengo tantas de raíces largas …) y lo hace con dedicación, empeño, devoción, profesionalismo.

Y si hablamos de profesional tenemos que mencionar a su secador de pelo. Con tecnología de la NASA, eficiente y eficaz como pocas cosas en la vida, confiable a extremos donde solo puede llegar un electrodoméstico, costó un ojo de la cara. Definitivamente el minielectrodoméstico más caro del mercado. Fue, además, un regalo de su madre. Y su madre no hace regalos. Irreemplazable, Martina lo adora, lo cuida, lo lo trata bien.

Los acontecimientos nos llevan a la casa de Martu, el día de la profanación del sacro elemento:
Franco, el momentáneo hombre en la vida de Martu, de reciente adquisición, decide – equivocadamente, a esta altura del relato ya todos se dieron cuenta, no? – utilizar sin permiso de la propietaria – aprovechando una salida de la misma al supermercado Amanecer Armonía del barrio – el fundamental electrodoméstico para secar unas zapatillas de su propiedad que habían sido empapadas por la lluvia de ese día.

El artefacto, que acostumbrado estaba al trato femenino y respetuoso de martina, decide recalentar fervientemente, anticipándose a la actitud que en breves instantes tomaría la dueña y dejar de funcionar.

El Peor-es-nada que explica la traición sin asignar valor a los acontecimientos como debería. Martina que empieza a hablar diez tonos más agudo de lo tolerable al oído humano, Franco que atina a excusarse de mala manera persistiendo en la actitud incorrecta de no entender la dimensión real del drama que está aconteciendo. Martina que saca al profanador de su casa y de su vida sin más y llora desconsoladamente por su pérdida (la del secador). La depresión que llega.
El teléfono que suena y es ella:

Mi amiga me cuenta deprimidísima la sucesión de hechos. Que no puede reemplazar el secador salvo por una berreta imitación de este que ya fue suyo tanto tiempo, que casi la entendía. Que hizo la cuenta y que ahora pasará al menos 50 minutos más de lo habitual para lograr un resultado de inferior calidad. Que todo tiempo pasado fue mejor.

A esta altura, si es que siguen ahí, saben muy bien que Martina, como yo, es una mina difícil. También lo se. Pero no quiero enterarme que la juzgan como superficial.
Cada corazón tiene una lógica que no entiende de racionalidades. Y como para salir en defensa de mi amiga doy fe de que esta obsesión era de las evidentes hasta para un ignoto en principios psicológicos básicos.

No es que ella haya preferido un artefacto a este nuevo hombre en su vida.

Solo que entendió, en pocos instantes, que este alguien nuevo no la había aprehendido, cazado, descubierto.  Jamás hubiese  arriesgado tocarle un secador de pelo si lo hubiese hecho.

Y hace mucho que Martina decidió que quien venga va a tener que abrirle los brazos a sus pequeñas neurosis cotidianas.

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21 comentarios

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21 Respuestas a “El día en el que Martina vuelve a estar sola

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  2. pauww

    Vera, comparto la neurosis cotidiana del peinado de Martina.. lo hago todo el tiempo, pero con la planchita..
    Imagino si mi novio la rompiera, sería un caos, no se que haria sin ella..
    Me encanto la historia :)
    Saludos!

  3. es la busqueda, si, de aquel que entienda y ame también esas pequeñas neurosis estrafalarias y cotidianas!

  4. Optimus Prime

    Esas pequeñas neurosis cotidianas que mencionás tan dulcemente, justamente es en lo cotidiano que se terminan convirtiendo en “tremendos rompederos de pelotas”, siempre hablando en términos de la mirada masculina clásica, y, desde esa misma mirada, un especímen masculino, más o menos clásico, se resistirá a “abrazar” el factor que terminará “castrándolo” (léase dejándolo sin deseo posible cada vez que mire a esa hermosa dama cuyo único pecado es tener esas pequeñas neurosis cotidianas).

    Perdón Verita, pero esta vez no puedo más que sentirme muy cerca de Franco, y pensar que una vez echado de la vida de Martina reflexionó con alivio acerca de un nuevo futuro que se le posibilitaba. Y hasta quizás haya pensado en comprarle un secador de pelo ultra-resistente, a manera de protector testicular el próximo pobre incauto que intentase abrazar esas “pequeñas neurosis cotidianas”.

    Muy lindo post.

  5. Lalu

    Hombres necios que nos acusais de castradoras, mantened las manos lejos de nuestros adminículos de belleza!!!
    Si el muchacho en cuestión hubiera pedido disculpas apropiadamente… qué mujer lo hubiera echado de su vida?
    El que esté libre de pequeñas neurosis cotidianas que arroje la primera piedra!!!
    Muy buen blog!!

  6. No se por que muchas veces pasa por el pelo. Pero cuando sucede, no hay vuelta atrás. Yo también sacrifiqué tiempo de sueño por una planchita. Y el día que no lo hice estuve de mal humor toda la jornada laboral. Si.
    Son cosas, cada uno tiene alguna. Obviamente que hay grados y grados de gravedad. Pero sacando de lado los casos graves. Si, todos tenemos “eso”con lo cual no podemos vivir sin. Y respetarlo esta bueno.
    Me gustó eso que pusiste al final, que este alguien nuevo no la había aprehendido, cazado, descubierto. Jamás hubiese arriesgado tocarle un secador de pelo si lo hubiese hecho.
    jejeje, tal cual!

  7. A partir de ahora…
    ¡Ni en broma uso el secador de mi esposa!!

    … por las dudas, ¿no?

  8. La

    superficial, no, pero flor de rompebola, sí…
    siempre me enfermaron las obsesionadas del secador
    sí, mi pequeña neurosis

  9. cv253

    Yo la banco a Martina, por mas pelotuda que parezca su manía es suya y quien quiera estar con ella tiene que saber que eso es parte de ella.

    Todos tenemos nuestras locuras y exigimos que nadie se meta, entonces no podemos querer cambiar a otro.

  10. No. No y no. Si Franco no aprehendía el detalle del secador iba a ser otro: sentarse en el borde de la silla, usar el mismo cuchillo para dulce que para manteca, mear la tabla…

    Ella, que tanto amaba su secador, tampoco aprehendió a Franco, que de necesitar secar sus calzados húmedos iba a proveerse de la herramienta adecuada en el momento oportuno, Martu no guardó el secador, no lo atesoró como tesoro. Bien Franco! Hizo de espejo y dos espejos no conviven bien… Faltó amor, nada más que eso.

  11. Vos sabes que me quede pensando en el post que escribiste sobre la teoria de los globos.

    Que loco. Me requetegustó.
    By the way; yo soy de esos globos rusticos también que se van haciendo duros a la fuerza.

  12. No tengo nada más que agregar… me quedo con el cierre de tu relato.
    Conocer a alguien, y con más razón si pensamos en la posibilidad de que nos acompañe durante muuuuucho tiempo, es mucho más complejo de lo que creemos.

  13. Martin

    Pero que cosa, por qué secarse las zapatilla con el secador. Dos cosas, de las pocas que se: las zapatillas se secan en el microondas, el secador de pelo es para limpiar la pc por adentro.
    Pero sin duda apoyo a Martu, sólo porque -y ahora en serio- no se me ocurre razón para tocar el artefacto, esas son cosas propias, como una remera apolillada. Entiendo la ira, las neurosis tienen la extraña virtud de que mediante su ritualidad, nos suelen ordenar parte la vida.

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